Hay un amplio debate sobre las razones de la rapidez del ritmo de cambio actual de Myanmar. Tal vez sus dirigentes reconocieron que el país, que llegó a ser el mayor exportador mundial de arroz, estaba rezagándose mucho respecto de sus vecinos. Tal vez escucharon el mensaje de la primavera árabe, o simplemente entendieron que, con más de tres millones de birmanos en el extranjero, era imposible aislar al país del resto del mundo o impedir la entrada de ideas de sus vecinos. Cualquiera que sea la razón, el cambio se está produciendo y es innegable la oportunidad que este representa.
Sin embargo, muchas de las sanciones internacionales, cualquiera que fuera su función en el pasado, ahora parecen contraproducentes. Por ejemplo, las sanciones financieras desalientan el desarrollo de un sistema financiero moderno y transparente, integrado con el resto del mundo. La economía resultante basada en el uso de dinero en metálico induce a la corrupción.
Del mismo modo, las restricciones que impiden a empresas socialmente responsables, con sede en países industrializados avanzados, hacer negocios en Myanmar han dejado la puerta abierta para que entren compañías con menos escrúpulos. Deberíamos aceptar el deseo de Myanmar de obtener guía y asesoría de las instituciones multilaterales y del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD); en cambio, seguimos limitando la participación que estas instituciones pueden tener en la transición del país.
Cuando negamos la asistencia o imponemos sanciones debemos pensar cuidadosamente en quién tendrá que asumir la carga de hacer los cambios que buscamos. Abrir el comercio a la agricultura y a los productos textiles —e incluso ofrecer un trato preferencial como los que se otorgan a otros países pobres— podría beneficiar directamente a los agricultores pobres, que representan hasta el 70% de la población, y también crearía nuevos empleos. Los ricos e influyentes pueden evitar las sanciones financieras, aunque con un coste; los ciudadanos comunes no pueden escapar fácilmente del impacto de ser un paria internacional.
Hemos visto la primavera árabe surgir vacilante en algunos países; en otros, sigue siendo incierto si dará resultados. La transición de Myanmar es en ciertos sentidos más tranquila, sin la fanfarria de Twitter o Facebook, pero no es menos real y no menos merecedora de apoyo.
Fuente: Elpais



