Así lo reconoce Berlin cuando identifica algunos, los grandes hombres pueden ser hombres muy malos. En el sentido que lo digo, Stalin fue un gran hombre. Fue uno de los peores de toda la historia, pero hizo de Rusia algo que el país nunca habría sido sin él, aunque el resultado haya sido desalentador. Carl J. Friedrich, sin embargo, no acepta que el liderazgo pueda estudiarse con neutralidad axiológica. Conceptos como poder o influencia, o el más genérico aún de conseguir el seguimiento de otros, no proporcionan una visión adecuada del fenómeno, una ciencia política que no diferencie entre Lutero y Hitler, niega la posibilidad de orientar el gobierno en un sentido positivo.
No menos polémica suscita la definición del liderazgo como un conjunto de rasgos extraordinarios (el líder nace, no se hace)o como un producto de circunstancias extremas. En ambos casos, pese a la apariencia de oposición, lo que prima es la excepción (las camaraderías extrañas de los odios compartidos).
Como siempre, en ciencias sociales, aparece la propuesta intermedia de integrar ambas teorías en otra más comprensiva, aún a riesgo de entrar en un argumento circular sobre la importancia de cada una de ellas. ¿Pesa más la situación o la voluntad?.
Imaginar el curso de los acontecimientos sin la intervención de la persona en cuestión resulta tan atractivo como controvertido. La historia virtual puede caer en un frívolo ejercicio de fabulación, pero pone de manifiesto la contingencia de los acontecimientos y la importancia de actos considerados a primera vista accidentales.
La relevancia del liderazgo puede requerir también (quizás sea la muestra más clara) un juicio contrafáctico: ¿Hubiera sido la transición exitosa sin Suárez? Este tipo de preguntas sin respuesta no son una diversión, nos obligan, como escribió Huizinga, a recrear la incertidumbre que precedió a la batalla de Salamina cuando todavía era posible una victoria persa.
La dificultad para el estudio del liderazgo surge justamente de la excepción, sean las cualidades extraordinarias del líder, sean las situaciones límite que desafían a personas que, sin esas cualidades, responden de forma inesperada pero efectiva al desafío. Obviamente, la visión retrospectiva de la historia virtual añade más complejidad. El liderazgo siempre está relacionado con lo imprevisible, con la innovación, de forma que interrumpe las relaciones de causalidad y se constituye en causa no deducible de otras. Estas características lo han relegado de las prioridades de la ciencia política y de la gestión pública.
Aunque sea lógica la preocupación por preservar el rigor analítico con investigaciones empíricas, el liderazgo no admite neutralidad valorativa. Como advierte Heifetz, el concepto de liderazgo es normativo.
Meritorios intentos de dejar a salvo una acepción libre de valores no puede evitar que términos como innovador tenga una carga positiva, incluso la expresión empleada por Berlin, gran hombre, implica un elogio, aunque parta de un juicio tan desapasionado como dar un giro a la historia que de otra manera no hubiera tenido lugar.
Con fina ironía, Bergamín dice: si fuera objeto sería objetivo, pero como soy sujeto, soy subjetivo, por tanto, la mejor manera de ser objetivo es hacer explícita la subjetividad. Un término tan neutral y analítico como influencia toma una acepción valorativa en cuanto nos planteamos la dirección que toma. No es lo mismo pensar que el liderazgo significa influir sobre la comunidad para que siga a un líder o que significa influir para que enfrente sus problemas. No es lo mismo Hitler que Gandhi.
Ronald Heifetz propone definir el liderazgo como una actividad. Elude así el peligroso tópico del líder nato que niega cualquier posibilidad de hacer una exposición útil a las personas interesadas en el aprendizaje del liderazgo. También evita identificar el liderazgo con la cúpula del gobierno o de una organización, su ámbito sería más extenso, prácticamente desde cualquier puesto o posición podría desplegarse una actividad de liderazgo. Procediendo así, escapa a uno de los prejuicios más insidiosos, el que identifica intuición y liderazgo, y por otra parte, deja sin argumentos a quienes declaran carecer de aptitudes para asumir la responsabilidad de dirigir.
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Estaríamos muy cerca del reproche de Schopenhauer a Maquiavelo, la teoría del liderazgo serviría tanto para un fanático como para un ciudadano con vocación cívica. Se puede pedir sangre, sudor y lágrimas para repeler a un agresor o para exterminar a otro pueblo.



