– La información se transmite mejor si está formalizada, pero la gente prefiere las formas informales de transmisión. Las organizaciones tienden a preferir la información formalizada, aquella que está estructurada y que ha sido explicitada en algún tipo de soporte y que, por tanto, es almacenable (convertible, pues, en activos de la organización) y, de alguna forma, refuerza la estructura jerárquica de la organización, frente a la información informal, aquella que se transfieren las personas por contacto directo, y que no ha sido explicitada en ningún tipo de documento.

De hecho, distintas investigaciones  han ido demostrando sistemáticamente que los directivos, por ejemplo, prefieren buscarse sus propias fuentes informales de información, a pesar de que sus empresas les ofrezcan sistemas de información altamente sofisticados. La paradoja está en que mientras que la información se intercambia mejor por procedimientos informales (¿qué mejor sistema de información que una conversación?), hay determinada información que para que resulte de utilidad debe ser altamente estructurada (piénsese, por ejemplo, en el manual de calidad de una empresa), cuando esa estructuración dificulta justamente su transmisión por medios informales, los informacionalmente más eficientes. Veremos más adelante que todo ello implica que hay una tensión esencial entre la codificación y la personalización de conocimientos.
Por otra parte, Boisot (1998) sugiere que la información es más útil cuanto más codificada y abstracta (o sea, cuanto más separada de la casuística concreta, y cuanto más destilada su esencia), pero también advierte que es justamente en esa situación cuando es más susceptible de ser más fácilmente difundida, lo que la hace, pues, más vulnerable. La fórmula de un refresco de gran éxito mantenida a trozos en la mente de distintas personas está poco codificada, y resulta de escasa utilidad informacional, pero eso la hace más invulnerable a la copia. Por otra parte, un programa informático está codificado, y ello conlleva utilidad, pero a su vez es fácilmente copiable, con lo que se pierde la ventaja de la exclusividad.
– La información tiene unas características distintivas que la hacen muy diferente de otros
bienes. Para empezar, para que exista una demanda de información antes tiene que haber algún tipo de “ignorancia”, cosa que no pasa con otros bienes (McDonald, 1997). Si alguien pasa por un mercado, la apariencia de unos plátanos puede llevarle a desear comprarlos; su conocimiento sobre el tema es irrelevante. Pero nadie compra una información si no desea cubrir con ello un vacío de información (cuidado: no se debe confundir aquí la compra de un libro, que sí que puede ser impulsiva, con la compra del contenido del libro). La ignorancia es, pues, un requisito de la demanda de información
Por otra parte, la producción de información tiende a ser muy costosa mientras que su reproducción tiene unos costos despreciables. Quien da una información no la pierde, sino que la comparte con quien la recibe: la información, pues, se automultiplica. Y, quizás lo más importante, resulta difícil (si no imposible) hablar del valor objetivo de la información: el valor de una información lo da exclusivamente el usuario de la misma. Una misma información puede tener valor ahora para un usuario, mientras que no tenía ningún valor ayer o puede no tenerlo mañana.

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