A finales de agosto, Malasia celebró sus cincuenta años. Una ocasión para elogiar lo que se ha conseguido desde 1957 y para recordar a sus 26 millones de habitantes todo el trabajo realizado: una sociedad multirracial relativamente armoniosa. Lla Federación es, oficialmente, un melting pot próspero formado por: malayos (60% de la población), chinos (25%), y el resto, entre ellos una comunidad india (7%). Es la malaya además una economía que ha pasado de ser una economía agraria a una economía emergente (con un crecimiento del 6% en 2007), y el país tiene un paisaje urbano completamente transformado, y un panorama político estable
en torno a la coalición, Barisan, construida alrededor de la UMNO (Organización Nacional para la Unidad Malaya).
Las celebraciones (desfiles, fuegos artificiales, fiestas populares) se han aprovechado para cerrar filas y proyectar la imagen de un Estado musulmán moderno, decididamente orientado hacia el futuro. Malasia se ha construido sobre lo que sus habitantes denominan el “contrato social”: la integración de los chinos e indios que emigraron al país en la época colonial a cambio de las garantías ofrecidas a los bumiputri o “hijos del suelo”, en su gran mayoría malayos musulmanes.
Las costumbres malayas son la base del edificio y la Federación es una monarquía constitucional, cuyo trono está reservado a los sultanes herederos de la península malaya. El islam es la “religión de la Federación”. Por medio de él, a partir de 1957, los hijos de inmigrantes obtuvieron de manera casi automática la nacionalidad malaya, que también se concedió, algo más tarde, en los dos estados no peninsulares de Sara wak y Sabah. Este pacto social se ha visto reforzado tras los motines interraciales de 1969 mediante medidas de discriminación positiva, siempre implícitamente vigentes, hasta tal punto es difícil poner fin a cerca de cuatro décadas de privilegios, sobre todo cuando los principales beneficiarios están en el poder.
Al margen de este panorama gratificante y admirable, se perfilan algunas amenazas. La primera se refiere a la armonía interétnica. Con el paso de las décadas, la convivencia se ha deteriorado; los matrimonios interétnicos, por ejemplo, han pasado a ser la excepción. Cada vez más, las distintas etnias frecuentan su escuela, sus asociaciones, sus clubes. El tema de participar en actividades intercomunitarias resulta bastante delicado.
Un sondeo reciente indica que el 34% de los malayos nunca han compartido una comida con un miembro de otra etnia. La ira de los indios –por lo general tamiles que se consideran desfavorecidos– se desató el 25 de noviembre de 2007 en Kuala Lumpur, cuando unos miles protestaron en dos concentraciones sin precedentes que la policía dispersó con cañones de agua ácida y bombas lacrimógenas. Los chinos, más cínicos y pragmáticos, prefieren abandonar el país y expatriarse hacia lugares donde valoren sus talentos; ahora bien, precisamente la paradoja es que hoy en día se echan de menos estos talentos para consolidar la transición hacia una economía del conocimiento.
El otro parámetro (des)estructurante es la representación política del islam. La cuestión es política y a la vez identitaria, ya que los malayos, los “hijos del suelo”, son considerados au tomáticamente como musulmanes. No pueden cambiar de religión, ya que corren el riesgo de ser condenados por un Tribunal religioso por apostasía; los tribunales civiles se niegan a intervenir en este de bate. Ahora bien, desde hace varios años se observan por un lado unas iniciativas para valorizar esta identidad malaya y, por otro lado, las que van a favor de un islam más incisivo, más conservador y menos tolerante. Las consecuencias son múltiples. Por un lado políticas, ya que, para recuperar a un electorado que podría dejarse seducir por un islam más conservador representado por el partido PAS, la UMNO se ve obligada a prometer más iniciativas y proposiciones en favor del islam.
Y también, nuevamente, interétnicas ya que las demás etnias, a menudo de otras confesiones, se sienten doblemente vejadas y abogan por un juego político menos ligado a los grupos étnicos, una “plataforma democrática”. Las próximas elecciones legislativas, que deberían celebrarse antes de la primavera de 2009 (aunque el actual primer ministro Abdullah Badawi las podría adelantar), darán la medida de la seriedad de esta propuestas.


