Nadie apostaba por Indonesia después de la caída del presidente Suharto en mayo de 1997. Contra viento y marea, haciendo frente a tensiones interétnicas, amenazas terroristas y otros desaciertos corporativistas, el país ha aguantado e incluso ha conseguido algunos avances en materia de democratización. Pero, claro está, no hay que cantar victoria, sino intentar medir los progresos en una escala relativa.
El 2007 fue un año de consolidación en Indonesia. En primer lugar, la economía se estabilizó. La tasa de crecimiento del PIB fue del 5,5% en 2006 y del 6,2% en 2007. Para el 2008, se espera un 6,1%. Sin embargo, está aumentando la decepción por la lentitud de las reformas económicas (por ejemplo, las reformas laborales abandonadas debido a la fuerte oposición sindical) y una falta de creación de empleos (la tasa de paro se mantiene alrededor del 10%).

La economía se enfrenta a dos retos principales: una deuda externa muy importante (cerca del 45% del PIB) y una elevada tasa de inflación (más del 6%). China ejerce desde ahora una competencia directa en los sectores industriales tradicionales como por ejemplo el textil; el presidente Yudhoyono ha declarado que quiere favorecer las exportaciones mediante unas reglamentaciones adecuadas.
El panorama político también experimenta una relativa estabilización, con unos esfuerzos de negociación que han dado sus frutos, si bien los viejos demonios locales no están completamente controlados: las relaciones interconfesionales siguen siendo delicadas; las fuerzas armadas mantienen un papel preponderante, y pernicioso, en los equilibrios políticos; el Estado de derecho tarda en hacerse respetar; los electrones libres del Islam integrista están activos (a finales de marzo de 2007 la unidad de la policía antiterrorista Densus 88 detuvo a siete militantes en Java Centro y Java Este (un octavo fue asesinado) y destapó un importante escondite de armas, explosivos y documentos que sugerían la existencia de una nueva estructura militar de la Jemaah Islamiyah, la organización jihadista más importante en la región.

Pero, después de las fuertes sacudidas e inestabilidades entre 1998 y 2003, y a pesar de la tarea titánica que queda por hacer, la situación parece de todos modos controlada por un presidente cuya autoridad y competencias se respetan. Sin embargo, en enero de 2008 se produce un hecho de gran calado simbólico, con la muerte de ex presidente Suharto. Haji Muhammad Suharto dirigió Indonesia durante 32 años (1965–1998) con mano de hierro (fue instigador de violentas represiones, sobre todo de los simpatizantes comunistas, que provocaron entre 300.000 y un millón de muertos, incluso algo más si incluimos la invasión de Timor Oriental en 1975), pero con un cierto éxito puesto que inició el desarrollo económico del archipiélago, garantizó la seguridad alimentaria de una población en pleno crecimiento demográfico (230 millones de habitantes en 2007) y desarrolló las infraestructuras y la formación.
Este resultado (más del 5% del crecimiento económico entre 1970 y 1996) le ha valido el apelativo de “Padre del Desarrollo”. Considerado como uno de los dirigentes más corruptos del mundo, se dice que junto con su familia malversó entre 15.000 y 35.000 millones de dólares. Abandonado por el ejército, el general Suharto acabó dimitiendo en 1998, después de la crisis bursátil asiática de 1997 y bajo la presión popular. Pero no fue demandado ni investigado por sus actos, ya que sus abogados alegaron un débil estado de salud. ¿Acaso su muerte, llorada por decenas de miles de simpatizantes, significará que se ha pasado definitivamente una página de la historia indonesia? ¿O va a ser explotada por un puñado de nostálgicos de la “edad de oro”?

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