– Transferir información es fácil, pero lo importante es la transacción (intercambio). La transferencia exige sólo que haya una fuente que emita, sin importarle la recepción y comprensión por parte del receptor. Pero para que exista un proceso de transacción es preciso que quien emita información sintonice con las necesidades de quien la va a recibir, de forma que las expectativas de este último se cumplan, y que el proceso informativo sea eficiente.
Las tecnologías de la información han revolucionado nuestras capacidades de transferencia de información (en términos de millones de bits por segundo, por ejemplo), pero han hecho poco para mejorar la transacción de información, porque éste sigue siendo un proceso básicamente humano, en el que la cognición juega un papel fundamental.
Piénsese, por ejemplo, en las capacidades de almacenamiento y transferencia de la intranet de una empresa: nunca antes ha sido tan fácil hacer llegar información a cada rincón de la empresa,
Pero todo este arsenal puede resultar inútil si la gente que debe usar esa información no está motivada para hacerlo, no encuentra una satisfacción de sus expectativas (o sea, no encuentra la información que precisa o, más bien, cree precisar), y no dispone de ningún estímulo para compartir la información. La intranet ayuda a transferir información, pero no necesariamente a intercambiarla eficientemente. Para que esto último ocurra, más importante que la disponibilidad de una infraestructura es la existencia de una cultura de la información.
Estos son sólo algunos de los problemas con los que debemos enfrentarnos. De lo dicho se deriva que para tener éxito en una estrategia de sistemas de información es preciso entender mejor qué tipo de recurso es la información, y que problemas conlleva su gestión. Pero, y a modo de resumen, quizás lo fundamental consista en entender que no podemos seguir creyendo en la ecuación mercantilista de la información.
El mercantilismo nos dice que simplemente por el hecho de apropiarse de un objeto (mercancía) pasamos a ser más ricos. Tener el objeto aumenta tus activos, sin más. Esta idea está tan entroncada en nuestras formas cotidianas de hacer que hemos llegado a creer que también se aplica en la información: creemos que sólo con disponer de la información ya somos informacionalmente más ricos. Puestos en el extremo, la idea sería que sólo con tener un libro ya sabemos más.
Obviamente, esto no es cierto, pero son muchas las organizaciones que han caído en el error de creer que con sólo disponer de tecnologías de la información ya llevarían a cabo una gestión más eficiente de su información. Y, más aún, que entonces tomarían mejores decisiones, que les llevarían a mejores resultados y mayores beneficios.
La primera responsabilidad de un profesional de la información consiste, probablemente, en desarticular la causalidad de esta ecuación mercantilista, dejando claro que las tecnologías “puede” que mejoren la gestión de la información, pero sólo si se ha diseñado una política o un plan al respecto. Y que disponer de mejor información “puede” llevar a conseguir mejores resultados, pero sólo si la organización está preparada para usar esa información de forma inteligente.


