Una nueva forma de enseñar debe llevar a un nuevo tipo de escuela, y también a un nuevo tipo de  universidad. De hecho, el cambio es más profundo de lo que parece, porque se pasará de un “lugar físico” donde se  prende, a un “lugar virtual”. La enseñanza existirá, pero ello no implica que deban necesariamente existir las  escuelas o las universidades (de la misma manera que la banca siempre existirá, aunque en el futuro quizás no existan los bancos).
La escuela será un punto de estímulo, un nodo al que se va a buscar razones para aprender, a capturar  información sobre lo que vale la pena aprender. Una experiencia más que una institución, que puede  producirse en casa, en el trabajo, en el automóvil o en el avión.

Obviamente, esto será más o menos cierto a partir de un cierto grado de desarrollo intelectual. Así, no parece plausible que, al menos a corto plazo, desaparezca el rol básico de la escuela en las etapas de adquisición de las habilidades de lectoescritura, ahora aumentadas con las habilidades informacionales que ya se han comentado (habilidades para el lenguaje audiovisual, lógico-informático, comunicacional, etc.). La escuela será en este sentido un “campo de entrenamiento” para desarrollar métodos que nos permitan usar la inteligencia colectiva a lo largo de nuestra vida.
La escuela, la universidad, y cualquier tipo de centro de enseñanza en general, deberá llevar adelante esta transformación no tanto porque lo desee, sino porque se verá forzada a ello. Porque entrará en competencia con una multiplicidad de fuentes de información y de conocimiento, en especial con los medios de comunicación47, tanto los tradicionales como los más nuevos, de los que quizás sólo hemos visto hasta ahora la punta del iceberg.
En una sociedad informacional, la información está en todas partes, se comercia con ella, se trabaja con ella, se vive con ella, y por ello es lógico que aparezcan más y más formas de utilizarla, de difundirla, de manejarla. Esta competencia de la escuela con los nuevos medios es especialmente aguda en términos de tecnología: muchos alumnos disponen en sus casas de instrumentos mucho más avanzados (acceso a Internet, televisión digital, videojuegos, comunicación por satélite, etc.) de los que encuentran en su escuela, incluso en algunos casos en su universidad.
En este sentido, debería hacernos pensar el hecho de que, mientras que nuestros hogares han ido cambiado progresivamente de manera sustancial gracias a las nuevas opciones de recepción de información y de comunicación (el salón de hoy en día, con la televisión en el centro de la escena, es significativamente distinto del de principios de siglo; la habitación de los niños orbita, frecuentemente, alrededor del televisor, del PC, y de la videoconsola), la forma básica de la clase no ha cambiado prácticamente en siglos (una habitación rectangular, con una mesas en filas, y con un lugar privilegiado desde donde emana “el saber»).

La escuela debería acentuar, pues, su rol de experiencia cognitiva por encima de su rol de transferencia. Se debería constituir en un nodo donde puedan encontrarse (física o  virtualmente) los diferentes actores interesados en la experiencia del aprendizaje: los propios centros, los enseñantes, los alumnos, los padres, las empresas, la sociedad civil en general. Un nodo que permitiera expresar a cada agente su visión sobre lo que es exigible a la escuela en cada momento (qué programas, qué contenidos, qué métodos, qué formas de evaluación, etc.). 

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