Día tras día asistimos al linchamiento moral de funcionarios en general, y en menor medida de empleados fijos, por otros sectores de la sociedad que los etiquetan como privilegiados con pocas ganas de trabajar.
Obviamente, dentro de los millones de empleados fijos (tanto públicos como privados) existe sectores más o menos numerosos de gente que responde a ese perfil, pero eso mismo ocurre en cualquier otro ámbito de la sociedad.

En otros artículos ya hemos incidido en anteriores artículos de la ineficiencia de tener una proporción de empleados públicos tan elevada (en particular en algunas comunidades y ayuntamientos) pero eso no implica la fiscalización de todos ellos que en muchos casos ofrecen un servicio muy superior al que correspondería a los medios con los que disponen y que actúan de forma vocacional en gran medida (profesores, médicos, policías…)
Ahora bien, tanto en el ámbito público como privado, hay gran cantidad de gente que realiza un trabajo puramente administrativo y que no tienen ni para bien ni para mal ninguna recompensa/castigo por incrementar o reducir su productividad, motivo por el cual muchos de ellos acaban cayendo en la desmotivación y en la cultura del mínimo esfuerzo.
Sin embargo, muchos de los que ahora claman contra estos privilegios, se han beneficiado de la coyuntura en los momentos de bonanza, en concreto me refiero a empleados de baja calificación o empresarios de la construcción y derivados (carpintería, aluminio, agentes inmobiliarios, etc) que no hace mucho tenían unos ingresos muy superiores a los que tenían los funcionarios de turno (hablamos de 6.000e o más al mes, además con unas tributaciones muy inferiores a las que deberían gracias a la economía sumergida). Eran épocas de viajes lujosos, bmw, etc. En esos momentos, nadie aspiraba a ser funcionario o empleado fijo, más bien lo contrario.
En esos momentos los empleados públicos veían incrementado su salario un 2-4% en función de la inflación, mientras que los otros trabajadores no cualificados incrementaban su salario exponencialmente. Evitemos socializar las pérdidas, y personalizar beneficios, pues en ese caso se fomenta actuaciones de riesgo en base al riesgo moral que supone.
Algunos de los pertenecientes a este colectivo  miraron más allá, y tomaron medidas para tener recursos en épocas de vacas flacas (bien diversificando su actividad, bien inviertiendo en pisos, etc). Otros en cambio, acomodaron su nivel de vida a esta dinámica, y el problema viene cuando la situación cambia radicalmente.
No hace mucho, un paleta o electricista eficiente ganaba el doble o el triple que un funcionario de categoría A o un empleado de multinacional de cierto nivel, es ese el modelo de país que puede ser sostenible en el futuro? La respuesta es NO.
Los jóvenes dejaban sus estudios antes de llegar a la mayoría de edad para tener ingresos inmediatos, coche propio, etc. Ahora esta generación se encuentra que no tiene ninguna formación y que su sector está completamente bloqueado.

El último esturio sobre educación publicado esta semana indicaba que en España el beneficio por tener una licenciatura a nivel salarial era muy inferior a la media de la ODE o de la UE, lo que demuestra la escasa exigencia formativa de nuestro modelo productivo.
Dejemos pues de criminalizar a funcionarios y empleados fíjos de formación elevada, y optemos por dignificar profesionales como las de profesores a todos los niveles, tan necesarios para profundizar el cambio de modelo hacia sectores de valor añadido.
Siempre serán necesarios trabajos no cualificados, pero lo que genera una economía sólida es la producción industrial e intelectual (veáse el modelo alemán). Por tanto fomentemos una educación de calidad, que genere profesionales de alta cualificación y que genere ideas de emprendimiento que a su vez generaran empleo.

1 Comentario

  1. Muy de acuerdo con lo que escribes. Soy trabajador fijo de RTVE. Mis estudios son cinco años de Imagen y Sonido y otros cinco, Licenciatura en Publicidad y RRPP. Trabajé años en el sector privado donde compañeros míos,hasta hace poco, se jactaban de ganar en tres meses lo que yo en un año. Ahora y con perdón, muchos se están comiendo los mocos, mendigando chapuzas en un mercado laboral precario, abusivo y con pocas perspectivas de mejorar. Lo siento por ellos pero…, ¡hay que estar a las duras y a las maduras!

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