Conforme crece la crisis griega, conviene rebatir algunas ideas generalizadas.
1. Grecia es insolvente
No, no lo es. Como han señalado los economistas Carmen Reinhart y Kenneth Rogoff, los impagos soberanos tienen por lo general más que ver con la voluntad de pagar que con la capacidad para hacerlo. Grecia dispone de muchos activos y tiene un inmenso potencial para reducir costes, subir los impuestos y mejorar la productividad si está dispuesto a hacer sacrificios. Más que la solvencia, el desafío de Grecia es si los cambios requeridos son posibles desde el punto de vista político.
2. A Grecia le interesa cometer impago
Difícilmente. El país todavía gestiona un gran déficit primario, así que aunque aplicase “quitas” del 50% sobre los tenedores de bonos, aún necesitaría financiación inmediata o tendría que afrontar inmensos recortes de gastos de la noche a la mañana para equilibrar las cuentas. Peor aún, el sistema bancario griego se colapsaría al desaparecer su capital y no tener acceso a fondos; bajo las normas del Banco Central Europeo, los bonos del Gobierno griego ya no servirían como colateral. Tampoco facilitaría las cosas que Grecia intentase abandonar el euro, ya que esto probablemente provocaría una retirada inmediata de los depósitos de los bancos.
3. Un impago griego no sería equiparable a la quiebra de Lehman
Hasta el Gobierno alemán parece aceptar ahora que fue demasiado displicente al imaginar que el mercado estaba preparado para una reestructuración de la deuda griega. Pese a que Angela Merkel dio marcha atrás la semana pasada, los efectos del contagio se han extendido por toda la eurozona, especialmente a España, donde la rentabilidad de los bonos ha sufrido un fuerte repunte. El error de Alemania fue el de considerar sólo los efectos de primer orden sobre el capital bancario, cuando serían los efectos de segundo orden sobre los costes de financiación de los gobiernos y los bancos los que causarían mayor daño. Lehman supuso un duro golpe para el mercado, pero un impago griego podría provocar una crisis global al secarse el crédito en todo el mundo.
4. No se puede seguir prolongando el problema.
Sí que se puede. El tiempo lo cura todo. Incluso si un impago de Grecia se vuelve inevitable, hay buenos motivos para retrasarlo: en parte para animar a Portugal e Irlanda a que se ciñan a sus programas de rescate, pero sobre todo, y más importante, para tranquilizar a los inversores de forma que sigan comprando deuda de otros países y bancos periféricos. La eurozona tiene que evitar un impago hasta que países como España e Italia consigan una tasa de crecimiento que les saque de la zona de peligro. De hecho, por mucho que moleste a los contribuyentes alemanes, puede que la eurozona tenga que seguir arrastrando el problema de la deuda griega mucho más allá de 2013.
5. El culpable de todo es Grecia
No del todo. Ahora que la eurozona ha reconocido que no le queda más salida que rescatar a Grecia de nuevo, su objetivo debería ser asegurarse de que el rescate funciona. Sin embargo, la eurozona cobra a Grecia un tipo de interés excesivo –casi el doble del que el Fondo Europeo de Estabilidad Financiera paga para financiarse o del que cobra el Fondo Monetario Internacional–, lo que dificulta mucho más la tarea del país heleno. No tiene sentido. La única forma sensata en la actualidad de que la eurozona minimice el riesgo moral es accediendo a una integración política más estrecha. Tarde o temprano, los líderes europeos tendrán que asumir esta realidad.
Fuente:WSJ



