Más importante que qué enseñar será posiblemente cómo enseñar. En un mundo repleto de información, que nos llegará por múltiples canales, mantener la atención del “estudiante” será muy difícil. Será preciso desarrollar nuevos métodos de enseñanza, fundamentados en la idea de estímulo continuo.
Por una parte, atraer la atención de quién debe aprender (ciudadanos en edad escolar) sólo podrá conseguirse convirtiendo el proceso de aprendizaje en uno de descubrimiento, de implicación, de satisfacción de la curiosidad con un alto componente de diversión.
Y satisfacer a quién quiere aprender (ciudadanos en cualquier momento de su vida) implicará que se da respuesta personalizada a sus necesidades, y que se compensa adecuadamente el esfuerzo (básicamente en términos de output útil por el tiempo dedicado) que se invierte en el aprendizaje.
En ambos casos, aparece un nuevo componente en la ecuación del sistema educativo: la sintonización entre quién enseña y quién es enseñado. La continuidad del método basado del profesor que sabe y que transfiere sus conocimientos a un receptor pasivo será puesta en cuestión, tanto por sus costes como por su ineficiencia. De la enseñanza como institución se pasará a la enseñanza como experiencia. Quizás se trate, pues, de redescubrir la escuela socrática
En este sentido que lo dicho más arriba sobre el cambio de visión entre los modelos de transferencia y transacción de información toma todo su sentido. Un modelo educativo basado en el paradigma de la transferencia (“yo sé, tú escuchas”) está reñido con un mundo informacionalmente más interactivo (un mundo en red). En especial, en esta época en la que, por primera vez en la historia, un alumno puede enseñar algo al profesor (como es el caso en informática)
Quien decide dedicar su tiempo a aprender en un “centro” (entre otras muchas cosas que podría hacer, como, por ejemplo, aprender por su propia cuenta en “la red”), debe obtener algún tipo de “compensación” por su esfuerzo. Esta compensación no tiene por qué consistir en algún tipo de “reconocimiento académico” (aunque ya hay instituciones que empiezan a aplicar la idea de la titulación progresiva, de manera que cada curso superado te da “derecho” a algún tipo de “certificado” educativo). Más bien se trataría de una compensación de tipo práctico, ligada a la aplicabilidad “inmediata” (o, por lo menos, demostrable) de lo qué has aprendido.
En otras palabras, en un mundo saturado de información, en un océano audiovisual y comunicativo, uno invertirá en ponerse a aprender si del esfuerzo obtiene habilidades de clara aplicación, como lo que ocurre cuando alguien al aprender informática se vea pacitado para empezar a utilizar lo que ha aprendido directamente en su ordenador. Es evidente que hay disciplinas en las que esta aplicabilidad inmediata no resulta fácil (como la mayoría de ciencias exactas o naturales), pero ello no debe ser obstáculo para impedir que éstas se sigan explicando como una abstracción lejana a la experiencia cotidiana de los alumnos.
El método educativo debe migrar desde el paradigma de la transferencia hacia el paradigma de la transacción, es decir del intercambio de conocimientos, de manera que el aprendizaje consista en una especie de pacto, de sintonía entre fuentes (profesor y alumno), en la que ambas partes constaten una mejora de su estado de conocimientos entre el antes y el después.



