Continuado con la primera parte del artículo de nuevas formas de enseñar, yo apostaré por aprender con una “fuente” de conocimientos si se me demuestra que efectivamente aprendo cada día. No me servirá la promesa del “algún día entenderás porque te explico esto ahora”; necesitaré entender su importancia ahora  ismo, porque de lo contrario no dedicaré ni mi tiempo ni mi atención a escucharte, ni merecerá la pena que lo conserve en mi memoria.
Es evidente que este nuevo proceso educativo, un intercambio de atención del alumno por
conocimiento aplicable (que me permita entender mejor el mundo, ahora), requiere un cambio radical en la forma de enseñar. Y requiere un tipo significativamente diferente de “profesor”.

Este “enseñante”, nos recuerda Lévy (1998) que deberá ser más un “animador de la inteligencia colectiva de sus grupos de alumnos que un dispensador de conocimientos”. Concepto este, el de inteligencia colectiva, que describe el hecho de que nadie puede saberlo todo (no hay ya opción enciclopedista viable), pero todos sabemos algo. De la comunicación entre nosotros, del establecimiento de un mecanismo que nos permita llegar a quien tieneun conocimiento específico cuando lo necesitamos, dependerá que podamos aprender. Así, el rol del “enseñante” será también vehicular al “alumno” hacia la buena información.
De esta manera, mientras que históricamente el enseñante tenía el conocimiento (y era díficil o imposible adquirirlo en otro lugar), hoy el enseñante dirige al alumno hacia el buen conocimiento, evitándole la pérdida de tiempo que representaría discriminar la calidad de cada una de las posibles fuentes de información.
En una escuela o universidad tan participativa, en la que la autoridad se diluye en la inteligencia colectiva, y en la que lo importante no es transferir un conocimiento sino aprender a encontrarlo en la red, aparece un nuevo e importante reto: cómo conseguir resultados positivos (que se aprenda) a través de nuevos patrones de pensamiento consistentes en juntar conceptos a partir de fragmentos que los alumnos encuentran por la red.
Se trata de una forma radicalmente nueva de aprender, en la que hay mucho de autoaprendizaje, y, por tanto, en la que será vital la presencia de estímulos que apoyen en el esfuerzo. Las tecnologías podrán ayudar, pero no lo serán todo, obviamente. El diseño de un esquema de estímulos, muchos de ellos personalizados, tendrá tanta o más importancia que la inversión en tecnologías. En este sentido, la imaginación de los enseñantes deberá aportarnos soluciones hoy impensables. Habrá que invertir, pues, inteligentemente para favorecer el desarrollo de esta imaginación colectiva del colectivo de enseñantes.

Finalmente, en una sociedad del conocimiento en la que se valoran las ideas, la inteligencia, la imaginación, etc., y en la que el aprendizaje es perpetuo, existirá una presión psicológica notable sobre los ciudadanos. Por una parte, el mundo será más y más complejo, más difícil de entender (prácticamente nadie entiende hoy cómo funcionan la mayoría de aparatos con los que convivimos un día cualquiera de nuestra vida). La mayoría necesitaremos ayuda psicológica para aprender a convivir con nuestra ignorancia, y para aprender a sacar partido, en cambio, de la inteligencia colectiva. Por otra parte, deberemos aprender a aceptar nuestra situación de alumnos perpetuos, a entender que no hay un final en nuestro período formativo, a metabolizar que cualquier situación es una situación de aprendizaje.
Decir que deberemos aprender toda la vida es simple, pero no lo es aceptarlo psicológicamente con todas sus implicaciones. Así pues, tendremos que aprender a convivir con nuestra ignorancia, y aceptar que así como debemos comer cada día, también deberemos aprender cada día.

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