Las ideas parecen haber sustituido al capital en su función de generador de riqueza. La explotacióntación inteligente de la información, su conversión en conocimientos, puede que sea la única fuente de competitividad sostenible. Las organizaciones así lo están entendiendo, y responden convirtiéndose en más intensivas en información.
A su vez, los ciudadanos de los países más avanzados se informacionalizan, es decir, utilizan información de manera constante tanto en el ocio como en el negocio. Y, finalmente, surge con fuerza en la economía un sector información que parece ser el único capaz de generar los empleos que las sociedades requieren para la estabilidad social.

Todos estos cambios son resumidos por la afirmación de que estamos entrando en una sociedad informacional, en una sociedad del conocimiento.
La difusión del nuevo paradigma, el de las ideas como motor del crecimiento, preocupa a los gobiernos, que intentan entender cómo pueden conseguir que sus ciudadanos no pierdan el tren de esta “revolución del conocimiento”. Es obvio que algo puede hacerse en términos de planificación, del “orden construido” de Hayek1. Pero las acciones que puedan planificarse, como por ejemplo la renovación, posiblemente radical, del modelo educativo  la sustitución del “aprender de por vida” al “aprender toda la vida”– exige algo más que políticas. Exige todo un cambio social, posiblemente un cambio de valores sociales, al que quizás sólo es posible llegar a través de un cambio natural, del “orden espontáneo” de Hayek. Cambiar hacia la sociedad del conocimiento llevará su tiempo, y para conseguirlo es preciso entender mejor por qué ahora el conocimiento es la clave del crecimiento y la riqueza. Y es preciso que la gente adquiera como valor personal la renovación intelectual; que esto no sea un patrimonio de un colectivo, la intelligentsia de la sociedad del conocimiento, sino que sea un valor extendido a todos los niveles de la sociedad. Cosa que, obviamente, generará tensiones sociales que ahora resulta difícil ni tan siquiera imaginar.
En esta línea, resulta fundamental entender que si algo hemos aprendido de la revolución tecnológica, del maremoto ocasionado por las impresionantes posibilidades de las tecnologías de la información, es que su faceta automatizadora no nos basta. De hecho, no está claro que las tecnologías de la información hayan aumentado la productividad en los países occidentales.
La solución proviene del reconocimiento de que la verdadera aportación de las tecnologías de la información procede de su capacidad aumentadora, de sus posibilidades para multiplicar las capacidades intelectivas de los humanos. Algo que hasta ahora hemos visto poco frecuentemente, pero que tendrá un impacto crítico en los nuevos modelos de aprendizaje.
En términos muy simples, las máquinas nos han servido hasta ahora para robotizar, pero en el futuro nos ayudarán a aprender y a utilizar mejor el conocimiento que adquiramos. Ésta será la verdadera revolución de las tecnologías de la información, y el modelo educativo será uno de los más afectados por ella.
Pero sacar partido a esta revolución posibilitada por las tecnologías de la información resultará imposible si no entendemos que nada funcionará si los humanos no entramos en la ecuación.
En otras palabras, tenemos que entender mejor cómo las personas manejamos la informa-
ción, cómo generamos conocimientos, cómo aprendemos. En este punto, captar la diferencia
entre modelos de transferencia de información (alguien emite una información dirigida al espacio, y alguien la recibe, sin que quede claro qué hace con ella) y modelos de transacción de información (se produce una sintonía entre las necesidades de información de alguien y las posibilidades informadoras de otro: la captación de conocimientos responde a una especie de conversación en la que ambas partes van modelando su mensaje según la respuesta que va recibiendo del otro) va a resultar fundamental.

Y esto tendrá una importancia fundamental, de nuevo, en el sistema educativo. Si hasta ahora el sistema se ha basado fundamentalmente en la emisión de mensajes, con la esperanza de que alguien los reciba, el futuro puede pasar por un proceso de pacto intelectual, en el que lo que alguien enseña viene a satisfacer una necesidad de quién quiere aprender. Por qué, en una sociedad tan informacional como a la que vamos, en la que tendremos más inputs de información, recibidos a través de multitud de medios, de los que podremos digerir, ¿cómo podrá competir el enseñante con los media, cómo podrá capturar con unas mínimas garantías de éxito la pequeña parte de esa atención del alumno tan perseguida por otros, en una sociedad en la que la atención de las personas será un recurso escasísimo? La respuesta parece que está en entender que no se podrá seguir transfiriendo información así sin más, sino que se tendrá que estimular esa atención dispersa del alumno, dándole algo que responda a sus inquietudes: una transacción más que una emisión. Un reto complicadísimo para el que tenemos que prepararnos desde ahora mismo
.
En este reto de reaprender a enseñar, también será importante detectar formas de medir el conocimiento, formas claramente distintas de lo que hoy entendemos por evaluación. Y si esto puede resultar difícil en el sistema educativo, lo será más en las organizaciones, porque, como se verá más adelante, la única forma que se nos ocurre, hoy por hoy, de medir el conocimiento, es medir al conocedor. En esta evolución, será también importante determinar qué entendemos por habilidades informacionales, es decir, qué tipo de habilidades deberá tener un ciudadano de la sociedad de la información para poder desempeñarse con tranquilidad

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