Hace un tiempo, en IdeasForChange nos propusimos definir cada uno mediante una frase nuestra “posición relativa” respecto a la época que estábamos viviendo. La idea consistía en resumir mediante una frase cómo nos encontrábamos respecto a esta época de cambio como única constante.
Después de unos breves segundos pensando, a mí se me ocurrió la frase: “Desaprendo, luego existo”. No es que intente emular a Descartes, cosa que nunca podré ni imaginar. Pero lo cierto es que la frase traduce bastante bien la sensación de que, ante la dinámica de transformación creativa en la que estamos inmersos, la única forma de “sobrevivir” consiste en no anclarse en lo que uno cree que sabe.

Que desaprender es hoy tan importante, o más, que aprender, puede chocar. En especial en ambientes muy tecnocráticos y meritocráticos en los que se evalúa a la gente no de acuerdo con lo que es capaz de pensar, sino con lo que se supone que sabe.  Lamentablemente, sigue siendo cierto que un título vale más que el espíritu crítico. Superar esta discriminación no es sencillo: la sociedad no nos lo pone nada fácil.
Para empezar, puede que los principios sobre los que está basado el sistema educativo tengan que ser revisados. ¡Qué atrevimiento el mío! Sin ánimo de ofender a nadie, quisiera hacer una breve reflexión sobre algunas transformaciones que me parecen inevitables. La tendencia a admitir el valor de la diversidad como principio social, algo que vemos en sociedades avanzadas, se presentará en el campo educativo a través del reconocimiento de que cada cual tiene una forma particular de aprender. En breve: no todos aprendemos
igual.

Sin embargo, seguimos imponiendo en nuestras clases el mismo patrón a todo el mundo: una clase es un conjunto de “pacientes” (en el sentido literal: que tienen paciencia) escuchando a uno solo que emite (y que normalmente no es capaz de sincronizar su contexto con el de la audiencia). Hasta ahora esta simplificación de la variedad cognitiva de los humanos podía tener una explicación: no teníamos más forma de “distribuir conocimiento” que poner a quien sabía delante de quien no sabía, y esperar que algo de lo que el primero decía fuera absorbido por el segundo.
Pero, Internet, el gran almacén de información permite alterar ese esquema. Nadie sabe tanto como el colectivo, nadie dispone de tanta información como la red. La función del educador no es hoy “transferir” información, sino “seleccionar” la mejor, con el fin de ahorrarle tiempo al aprendedor (el tiempo es el único y verdadero recurso escaso). 
 
El profesor se convierte en una especie de broker (intermediario) de conocimientos: te indica qué es lo que “merece la pena” ser leído, te ahorra “atención”, en el sentido de que te ayuda a no malgastar ese escaso recurso en fuentes que él ha visitado antes (o de las que tiene una idea de su valor gracias a lo que él mismo ha aprendido en los “mercados de conocimiento” en el que intercambian opiniones enseñantes como él/ella).

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