¿Os parece muy abstracto al artículo anterior, demasiado filosofada de autores teóricos? Pues bien, un output muy concreto: ¿no podríamos pensaren un web en el que los enseñantes  compartieran sus percepciones  sobre el valor de las fuentes de conocimientos disponibles, para que pudieran utilizarlas en clase?
Más aún, ¿no podríamos pensar en una forma de retribución de esos enseñantes que estuviera ligada a la calidad de sus “evaluaciones” de los contenidos disponibles?

Y,¿no podríamos derivar una parte importante de la carga lectiva de los estudiantes hacia un mayor tiempo de análisis crítico de los contenidos propuestos por esos “guías del conocimiento”?
En una era de exceso de información como la nuestra, el valor está en la “orientación” en la selva más que en la transferencia de ruido. Además, puesto que la información de la que  disponemos es codificada cada vez con mayor precisión y eficacia (compárese, por ejemplo, un texto de física elemental de principios de siglo con los que se usan ahora en las universidades), el proceso de aprendizaje debería ser separado en dos partes:
1. El alumno debería ser informado sobre “dónde” encontrar la información codificada. O sea, debería ser “formado” sobre las fuentes de conocimiento “explícito”.
2. El alumno debería ser instruido sobre “cómo” interpretar esa información, sobre cómo analizarla de manera crítica, sobre cómo discriminar lo importante de lo anecdótico. O sea, debería ser “educado” sobre el arte de conocimiento “tácito”.
Hoy, el conocimiento explícito está en montones de libros. Pero el espíritu crítico sigue siendo transmitido sólo de persona a persona. El “maestro” debería ser un artista del sentido crítico. ¿Quién no recuerda ese maravilloso profesor que le enseñó no cómo se hace un logaritmo, sino el placer de la exactitud de las  matemáticas? ¿Quién puede olvidar la pasión con la que un profesor de literatura nos transmitió su amor por la poesía? 
 
Cierto, aquí peco de nostalgia, pero eso no quiere decir que no deba intentar que mis clases sean una “experiencia” para mis alumnos, más que una mera “transferencia” de algo sobre lo que no he añadido ningún valor. Si lo que digo está en los libros, simplemente estoy fracasando como enseñante…

La pregunta es, pues, como siempre: ¿hemos entendido las posibilidades de la Red para la transformación de la educación, o simplemente queremos perpetuar esquemas propios de épocas en las que unos pocos sabían y otros muchos no tenían más remedio que escuchar?
En fin, tengo la impresión de que no hemos entendido nada. Y que, en el fondo, el reto del sistema educativo no es ya “enseñar”, en el sentido curricular tradicional, sino “inocular el virus de la curiosidad»: quizás no  importe que hoy no sepas tal cosa, pero si es vital que te descubras a ti mismo como un ser curioso.
Este es el tipo de ciudadano al que la Red podrá servir. Y es el tipo de persona que las empresas van a necesitar… a cualquier precio.

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