Tailandia es, sin duda, el país que ha sufrido en 2006-2007 las dificultades políticas más graves después del golpe de Estado del general Sonthi, el 29 de septiembre de 2006, el golpe número 19 desde 1932. Este golpe de Estado constituía una etapa más en la crisis que debilitó al reino desde verano de 1997. Después de tres años intentando sanear el Estado y la vida política (sobre la base de la Constitución aceptada en noviembre de 1997), el Partido Demócrata es excluido de las elecciones de enero de 2001 a beneficio del TRT, creado en 1999 por un tycoon, Thaksin Shinawatra.
Sus mandatos estarán marcados por una monopolización del poder lenta pero real, una reanudación de la corrupción y por métodos de gestión más que discutibles. Como ejemplo, cita remos la inestabilidad ya crónica en el sur musulmán que no consigue salir del ciclo de violencia desatada en 2004 (con más de 3.000 muertos en tres años) cuando las tropas gubernamentales y las unidades policiales cometieron sus primeros “errores”. Pero, más allá de la destitución puntual de Thaksin, de la suspensión de la Constitución de 1997 y de la disolución de su partido (en mayo de 2007), los militares no han conseguido encauzar el país y conseguir un  crecimiento duradero.

Efectivamente, a pesar de la adopción de una nueva Constitución en agosto de 2007 y de las elecciones legislativas en diciembre del mismo año, Tailandia no ha podido salir de la incertidumbre, de los juegos de poder florentinos y de las coaliciones inestables; las intenciones de las fuerzas armadas respecto a su participación en la vida política son confusas. La economía marca el paso con un crecimiento del 4,5% en el año 2007 y el mantenimiento de una gran prudencia por parte de inversores extranjeros preocupados por un clima político etéreo.

Precisamente, el ex primer ministro, gracias a la victoria del partido que sucedió al Thai Rak Thai (“Tailandeses que aman Tailandia”, o TRT, disuelto en mayo de 2007) y aún muy popular en las zonas rurales y urbanas pobres, volvió a Bangkok el 28 de febrero de 2008: miles de personas lo esperaban en el aeropuerto.
Al llegar aseguró que no tenía ninguna intención de regresar a la vida política. Sin embargo, una opinión muy extendida por todo el país le ofrece la oportunidad de dirigir el gobierno entre bastidores. La amplia victoria electoral del PPP (Partido del Poder del Pueblo) liderado por Samak Sun – daravej, ex gobernador de Bangkok y nuevo primer ministro facilitó, lógicamente, este regreso “para lavar su honor” y rencontrar aquello que Thaksin considera “un justo retorno de las cosas”.
Esto significa, para los que aún dudaban de ello, que el ex jefe del Gobierno no fue derrotado, ni tampoco neutralizado por este “mal golpe”, y que aún ejerce una influencia en el juego político tailandés; éste está marcado todavía por los clanes, la corrupción y los intereses particulares en detrimento del bien común. En cierta medida, estos resultados y decisiones constituyen un verdadero desaire para el ejército, que no esperaba tanto “restaurar la democracia” (como se había anunciado), como restaurar sus privilegios. Comienza un nue vo ciclo político que corre el peligro de ser más agitado que necesario.
La comisión electoral destacó que había recibido más de 750 denuncias, de las cuales 150 eran “muy serias” (compra de votos, acusación de corrupción…); fundadas o no, estas reclamaciones muestran la dificultad de ser imparcial sin hacer más profundas las divisiones. Por otro lado, las fuerzas armadas no han dicho su última palabra y podrían actuar de nuevo. El Parlamento adoptó, en efecto, tres días antes de las elecciones legislativas (21 de diciembre de 2007), una ley de seguridad interna que le permite decretar un toque de queda, limitar los desplazamientos y dirigir el Gobierno cuando crea que la seguridad nacional está amenazada: en cierta manera, un cheque en blanco que podría utilizar de manera abusiva y particularista.

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