En el caso de la universidad, esta participación de otros agentes no-académicos, como las empresas, resultará fundamental. Primero, por lo que se ha dicho más arriba en cuanto a la importancia de incorporar a la educación en la política industrial. Y, segundo, porque en disciplinas sofisticadas, como, por ejemplo, la biotecnología, la informática o las telecomunicaciones, está ocurriendo por primera vez en la historia que los desarrollos más avanzados se producen en la industria y no en la universidad, con lo que ello puede implicar de concentración en investigación rentable en detrimento de la investigación pura y básica, siempre imprescindible para el inicio de líneas de desarrollo revolucionarias que acaban trayendo consigo nuevos productos y procesos.
En otras palabras, si hoy la fuerte competencia tecnológica estimula la emergencia de más y más universidades corporativas, centradas en líneas de investigación básica, los grandes costes derivados en estas aventuras científicas de las empresas quizás las lleven a reflexionar sobre la conveniencia de aprovechar de nuevo los esquemas de enseñanza e investigación públicas. Pero, para ello, será necesario sintonizar mejor lo qué piden unos (las empresas) con lo que ofrecen los otros (las universidades). Y en este campo hay todavía mucho que aprender.
Algo que deberá cambiar también profundamente es el rol evaluador de los centros de enseñanza. Hoy, lamentablemente, parece que el único output esperado por parte de los alumnos es el “reconocimiento académico”, el título. Pero, ¿qué sentido tiene este tipo de reconocimiento puntual en un esquema de aprendizaje continuo? Si uno aprende en su casa, en el trabajo, en una ONG, etc., ¿cómo podremos “reconocer las adquisiciones” de conocimiento?
Además, ¿cómo “homogeinezar” las propuestas formativas múltiples que se derivan de un “mercado de créditos”? (uno podrá diseñarse la carrera que desee a base de sumar créditos a distancia ofrecidos por instituciones académicas esparcidas por el mundo). ¿Cómo convencer a un posible reclutador de talentos de que el portafolio personal de aprendizaje, que te has construido a lo largo de los años, es sólido y no responde a una estrategia de mera acumulación de “créditos fáciles”? Algunos expertos sugieren que hay que ir hacia un modelo de “autoevaluación a distancia”, de test permanente automatizado (vía Web, por ejemplo), de manera que cada uno pueda medir sus conocimientos, en cualquier momento y lugar, respondiendo a un test estándar, universal.
También habrá que exprimir aquí la imaginación, lo que demuestra que en enseñanza veremos quizás más cambios en el cómo se hace que en el qué se hace. Finalmente, uno de los retos más cruciales con los que deberán enfrentarse los centros y profesionales de la enseñanza es determinar qué valores se transmiten (o se intercambian) a (o con) los alumnos.
Porque la verdad es que un entorno fundamentalmente consumista, meritocrático, competitivo, no invita precisamente a subrayar algunos de los valores tradicionales de lo que conocemos como “civilización”. Por no decir que tendrá cada vez menos sentido hablar de eso, de “la” civilización, a causa de la tendencia al multiculturalismo y multietnicismo, una clara realidad ya en muchos centros de enseñanza primaria y secundaria de las grandes ciudades españolas. El problema es más sútil de lo que parece, porque curiosamente las empresas están ahora descubriendo la importancia de la gestión por valores en la sociedad del conocimiento.
O sea, nos encontramos con un desfase entre lo que la escuela experimenta (dudas sobre qué valores transmitir en una sociedad orientada al consumo y al éxito egocéntrico) y lo que la empresa empieza a valorar (el sentimiento colectivo de que los proyectos deben hacerse con convicción, con una carga importante de valores como pulsión corporativa, y no simplemente teniendo en cuenta la cuenta de explotación).
Sin valores no vale la pena hacer nada, opinamos muchos, pero no es la presente una situación en la que sepamos precisamente cuáles son los valores que valen la pena. Y aún a pesar de caer en el tópico de reclamar de la escuela más de lo que puede hacer, uno tiende a pensar que orientarnos hacia los “buenos” valores (no necesariamente los tradicionales, claro está) será parte de lo que deberemos pedir a la colectividad educativa, de la que, es cierto, todos (ciudadanos y empresas) formaremos parte.



