Quizás sea el caso de Japón un buen ejemplo de la aplicabilidad de la ecuación definida en nuestro anterior post y que recordamos:E ¥ C = S è Economía de la información ¥ Cultura de la información =
= Sociedad de la información
Así, estudios como EITO (1999) muestran que en Japón hay sólo 13 PC por habitante, mientras que en los Estados Unidos hay 47 (en España, la cifra es de 8). Análogamente, las cifras indican que mientras que en Japón hay 24 PC por cada 100 trabajadores de la información (White collar worker), en los Estados Unidos hay 105 (y en España, 50).
Así, Japón, la economía de la información por excelencia, quizás no tenga una población suficientemente acostumbrada a utilizar el ordenador para manejar información. Otro ejemplo más radical lo constituiría la India, importante centro de desarrollo de software para empresas de países desarrollados, pero con una ingente población analfabeta.
Por el contrario, puede que en un determinado país la gente aprecie la buena información,
tenga costumbre de leer o escribir, tenga un sentido critico de la información, etc. O puede
tener una buena red de bibliotecas y de personal en las mismas que faciliten la localización de información por parte de ciudadanos y empresas. En ese país hay una cultura de la información desarrollada, que facilita y estimula el uso de información por parte de los ciudadanos.
Pero puede que simultáneamente, ese país haya fallado en el desarrollo de una economía de la información potente. Aunque éste es el caso de la mayoría de países de la Unión Europea, quizás sea el caso de Francia el más ilustrativo.
Quizás deba acudirse también al concepto de cultura de la información para explicar el gran crecimiento de los contenidos norteamericanos en Internet. Y es que quizás la red no habría experimentado tal crecimiento en los Estados Unidos si no hubiera sido por la muy considerable participación, por lo general desinteresada, de los internautas norteamericanos a la hora de aportar contenidos.
No es casualidad, creemos, que ese filantropismo informacional, que demuestran no sólo los individuos sino también las organizaciones, tanto públicas como privadas, haya sido más evidente en los Estados Unidos, o al menos se haya generalizado más, que en otras latitudes. Este filantropismo informacional tiene mucho que ver con el valor que se da a la información en ese país, y a su desarrollo informacional, que se evidencia en sus índices de lectura, la transparencia informacional (no sólo de las administraciones sino también de las empresas), la predisposición a informar que muestran muchos norteamericanos, tanto en el sector privado como público, etc.
Un aprecio por la información como recurso que ya se manifestó cuando hace un siglo Andrew Carnegie inició su programa de bibliotecas públicas, en una época en la que en Europa la cultura era aún considerada el privilegio de una minoría.
Relevante, en cuanto a cultura de la información, es también (o quizás deberíamos decir “ha sido») el sistema educativo norteamericano (aunque en este punto quizás deberíamos decir anglosajón, ya que comparte mucho con el sistema aplicado en el Reino Unido, Canadá o Australia y Nueva Zelanda), más orientado a enseñar a aprender, y a desarrollar habilidades fundamentales, que a dar al alumno toda la información que necesitará de por vida, algo, por otra parte, absolutamente absurdo en la época que nos ha tocado vivir.
Es posible que el sistema educativo anglosajón esté más preparado para fomentar el aprendizaje permanente (lifelong learning) 21 que otros sistemas más “académicos” como el de base francesa aplicado en España, por ejemplo.


