El segundo gran eje de actuación es el de los denominados Bonos Brady. La operación tenía por objetivo la reducción de la deuda pero con la certeza para el acreedor de que el importe restante quedaría garantizado. El funcionamiento típico era el siguiente. Fruto de la negociación vis-a-vis entre los bancos acreedores y el gobierno deudor, se decide una determinada quita del valor de la deuda. El resto de la deuda se reconoce mediante la emisión de un bono por parte del gobierno deudor, cuya principal característica es que el tenedor del bono tiene garantizado el cobro del principal (y a veces de los intereses). 

 
Esta garantía se arbitra mediante la adquisición por parte del gobierno deudor de un bono del Tesoro norteamericano de idéntico vencimiento financiada con el préstamo multilateral. Este colateral se deposita en la Reserva Federal. De esta manera, el banco garantiza el cobro seguro de parte de su crédito y puede obtener liquidez mediante la venta del bono en el mercado secundario. Entre 1989 y 1997, 17 países se acogieron a acuerdos a la Brady, 10 de ellos de América Latina y el Caribe. En estas economías, la quita promedio fue del orden de un 30%, siendo del 12% en el caso mexicano y del 14% en el brasileño.
¿Cuáles fueron los resultados de la estrategia para lidiar con la crisis latinoamericana? Podemos entender que cualquier solución a una situación de crisis de deuda externa debería satisfacer idealmente tres objetivos: a) evitar una crisis bancaria internacional; b) facilitar el retorno de los países deudores a los mercados de capitales internacionales; y c) contribuir a que los países deudores recuperen la senda de crecimiento económico. La estrategia se demostró útil ya desde el momento inicial para evitar una crisis bancaria generalizada, un logro de enorme importancia en sí mismo, como nos recuerdan las trágicas lecciones de la Gran Depresión. En cambio, sólo la solución de Brady permitió establecer las bases que permitieron que América Latina volviese a disponer de financiación internacional y retomase el crecimiento económico.
Volvamos ahora a las lecciones que de esta solución se pueden extraer para la crisis europea. Evitando forzar las comparaciones, parece indudable que dos grandes conclusiones son de aplicación. La primera es que no sería de extrañar que los plazos de resolución de la crisis de la deuda fuesen muy prolongados. Esta obviedad deriva no solo de la naturaleza del problema (los procesos de desapalancamiento son de lento desarrollo) sino también de las dificultades para la propia gestión de la crisis.

Los impuestos que los paguen los otros
 
 Encontrar una solución requiere tiempo, ya que el diagnóstico puede tener que ajustarse y consensuarse (en el caso americano, certificar que se trataba de un problema de solvencia y no de liquidez tomó seis años). También exigen tiempo las negociaciones entre los actores afectados, públicos y privados, nacionales y extranjeros. Finalmente, la solución puede requerir igualmente de plazos de implementación dilatados. Por ejemplo, en el caso latinoamericano, la quita de la deuda no fue posible hasta que el sistema bancario internacional estuvo suficientemente reforzado para asumirla.
Junto al tiempo, otra enseñanza a recordar es la referida a la forma ideal de enjugar una crisis de deuda. Una vez que se determina que el problema es de solvencia, como parece haberse reconocido en el caso de Grecia, la solución de la crisis latinoamericana pasó por una combinación de reducción de la deuda y una fuerte recuperación del crecimiento. También conviene recordar que en la solución final el papel público juega un papel fundamental como asegurador del riesgo del sector privado. 
 
En definitiva, y como conclusión, si algún mensaje hay que extraer de las penurias de América Latina tres décadas atrás es que la solución debe pasar por un ajuste que no ahogue el crecimiento y mucha paciencia.

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