Cinco años de crisis dejan huella. Y, por supuesto, también en los supermercados. «Es difícil ver un billete de 50 euros a partir del día 15», explica una cajera de un Supersol del centro de Madrid mientras va pasando por el escáner la compra de un cliente. Leche, jamón, cereales… Lo que desfila ante ella da información.

Estampas de una crisis. «A finales de mes se nota un bajón de ventas tremendo», relata la empleada, que trabaja en un barrio de clase media alta. «Ya no vemos billetes gordos. Empieza el mes y vuelven las colas. Y a partir del día 10 llegan los del paro».

-¿Y no era igual antes de la crisis? -le pregunta el cliente.
-Para nada.
España tiene 47 millones de habitantes, según el Instituto Nacional de Estadística. País de mileuristas: 17,1 millones de personas ganan unos 1.000 euros brutos al mes, según el Sindicato de Técnicos del Ministerio de Hacienda. Y, cada vez más, país de parados: 5,6 millones de trabajadores carecen de empleo, según la Encuesta de Población Activa -en la primavera de 2007, antes de que estallara la crisis, había 1,7 millones de desempleados-. Estos datos repercuten, como es obvio, tanto en el consumo como en en el modo en el que los españoles compran. Los supermercados, en los que se realizan el 42% de las compras de alimentación, se adaptan a estos cambios y reducen costes, como repiten desde la Asociación Española de Distribuidores, Autoservicios y Supermercados Asedas, patronal que defiende los intereses de establecimientos como Mercadona, Froiz, IFA o Coviran.
Cuatro de cada diez consumidores admite haber cambiado sus pautas para ahorrar en alimentación, según el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS). De la ternera al cerdo. Del cerdo al pollo. Y de ahí al congelado. En 2011, los hogares consumieron menos carne, pescados y mariscos frescos, según el Ministerio de Agricultura. Ese año, tras cuatro de crisis y sin el final del túnel a la vista, el gasto en alimentación de los hogares cayó un 0,6%, mientras que el consumo de alimentos, en kilos, bajó un 1,16%, según el CIS.
No es lo mismo un súper de 2006 que uno de ahora. Fíjese en la leche: los envases han cambiado. Los cartones tienen menos colores y brillos. Y las estanterías exhiben más «packs familiares», que reducen el coste por unidad. Los detergentes, con un precio más alto, han seguido otro camino: las marcas venden cajas más pequeñas, con menos dosis. «La pobreza está volviendo», alertó en agosto Michel-Edouard Leclerc, presidente del grupo francés de distribución Leclerc, con 18 establecimientos en España. «En Europa del Sur, los yogures se empiezan a comprar por unidades».
Hasta las botellas de aceite ya no son lo que eran. Los envases tendían a tener una forma que recordaba a la botella de cristal toda la vida. Ahora, son más cuadradas para reducir costes de transporte. Y mientras, sigue ganando peso la marca blanca, que cerró el primer semestre de 2012 con una cuota de la cesta de alimentación del 43,5%, según Nielsen.
Los españoles van más veces al súper aunque gastan menos, informa Asedas, que atribuye el cambio al miedo del consumidor a que perezca lo que compra. Pese a todo, España tira al año una media de 163 kilos de comida por persona, según un informe del Parlamento Europeo. Hay cosas que ni la crisis cambiará.
 
Fuente: CincoDias

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